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Francina Carbonell, directora de «El Cielo Está Rojo»: “Nos enrostra lo peor de nuestra sociedad”

La cineasta se refiere a su opera prima, los principales desafíos de traer la tragedia de la cárcel de San Miguel a la pantalla y todo el proceso de investigación que hubo detrás.

El pasado 11 de noviembre, se estrenó el documental centrado en los eventos que rodean la catástrofe causada por el incendio de la cárcel de San Miguel, en el año 2010. Ante una riña que escaló en un incendio, las puertas del presidio tardaron una hora en ser abiertas y el hecho tomó la vida de 81 personas. Posteriormente, el juicio dio la absolución a los imputados. Acercándonos al 11vo aniversario del evento, múltiples libros y reportajes han buscado retratar las distintas aristas e interrogantes que rodean al siniestro, y Francina Carbonell se suma a la lista con «El Cielo Está Rojo».

Francina Carbonell presentando «El Cielo Está Rojo». Foto: Francina Carbonell

Tuvimos la oportunidad de entrevistar a Carbonell, directora responsable del proyecto que llegó a participar en el Festival de Cine Documental de Amsterdam, uno de los mas importantes en el género documental, la Semana de la Crítica de Berlín y la Semana del Documental, Doc Montevideo. La opera prima fue galardonada en el Festival de Cine Latino Recontres de Toulouse como Mejor Documental. Además, fue premiada en el Festival Internacional de Cine en Guadalajara y reconocida con una mención especial a Mejor Documental Iberoamericano en el Festival de Cine de Lima PUCP.

«El Cielo esta Rojo» partió como tu proyecto de tesis universitaria: ¿Cómo fue ese proceso y su desarrollo, que inició en un contexto académico y terminó siendo un largometraje documental?

“La verdad es que, efectivamente, empezó en este contexto más universitario, y también como un proyecto mucho más pequeño. En realidad estábamos pensándolo más bien como un cortometraje, y fue muy extraño lo que nos fue pasando. Nos empezamos a poner en contacto con las organizaciones, con los familiares, con algunos sobrevivientes. Creo que, con eso, empezamos a entender la complejidad del tema, porque es, efectivamente, un caso muy complejo, una tragedia muy compleja, con muchos factores. También fuimos encontrando muchísimo material que no sabíamos que existía en ese momento, y más bien lo fuimos indagando en la investigación.

Registro presentado en el documental. Foto: Storyboard Media

Entonces, en algún momento, nos empezó a ampliar y ampliar y ampliar, de todas estas capas de materialidades, de todos esos recuerdos, de los restos, de los restos judiciales que habían quedado de esa tragedia. Me parece que el proyecto en sí mismo se fue armando como algo un poco más grande, porque también era una tragedia que ameritaba darle un sentido más complejo, darle más tiempo. No se podía ingresar a esa tragedia sin una lectura compleja, y me parece que eso requeriría tiempo. Nos empezamos a dar cuenta de que, efectivamente, estábamos tratando con un largometraje, y después nosotros egresamos de la universidad y empezamos a trabajar, a pensar si era posible hacer una película respecto a eso. Bueno, ahí fue derivando y hoy es un largometraje, aunque nunca lo pensamos así en un inicio, pero… pero nada, es lindo ver cómo los proyectos crecen por sí solos, más allá de lo que uno quiera o no. Hay algo propio del proyecto que también lo pide”.

¿Fue necesario hacer algún cambio de nombre u ocultar identidades?

“Si, hay una cosa base: nosotros estamos trabajando con archivos públicos y el juicio fue un juicio también público, abierto a la audiencia. Por ende, no hay algo en términos jurídicos que nos prohibiera mostrar o no a tal persona, pero, desde nuestra parte como equipo, tuvimos una posición ética desde el principio, que tenía que ver primero con proteger la identidad de las personas fallecidas. A mí me era muy importante que no aparecieran las caras de esas personas fallecidas, ni rostros ni nada que pudiésemos identificar del todo. Básicamente, por respeto a un momento en donde la imagen no todo lo soporta. Eso nos parecía muy importante, nos parecía muy importante también proteger a los familiares de esas personas. En eso tuvimos mucho cuidado de borrar ciertas caras, de que no se vieran los rasgos de las caras. Algunos presos no querían aparecer y tampoco los pusimos. Pero sí, para mí era muy importante, sobre todo como un respeto ético a la gravedad de ese momento.

Creo que que fueron un grupo humano que también vivió las asperezas de la exposición mediática. Cuando fue el incendio, hubo tres o cuatro días de mucha mediatización al respecto, con muy poco cuidado en ese sentido. También, creo que las personas no confían en el tratamiento de imagen que se les ha dado a ellas, a sus hijos o a sus parejas fallecidas. Para nosotros era un tema tener mucha delicadeza en cómo tratar estas identidades”.

Ya hablaste un poco de esto, de que trabajaron con archivos públicos. Durante la recopilación de testimonios y de material de archivo: ¿Encontraron con alguna dificultad?, ¿hay algo que les hubiera gustado incluir, pero que no fue posible?

“Creo que toda la película es una dificultad, porque, efectivamente, es un tema muy complejo que involucra a muchas instituciones y, por ende, también a muchos peces gordos. Siendo un grupo universitario, da un poco de miedo enfrentarse a eso y hacer públicos ciertos hechos, preocupan los tipos de repercusiones que uno podría llegar a tener, pese a que se está dentro de un marco legal, digamos. Entonces, eso siempre te pone en un lugar de dificultad, ¿no? Si no sabes quién puede molestarse… Fue mucho tiempo también de insistir para conseguir esos archivos y para obtener los permisos de esos archivos por parte del Ministerio Público.

Registro presentado en el documental. Foto: Storyboard Media

También, la investigación fue un proceso muy largo, y ahí me parece fundamental la articulación que hicimos con la organización de los familiares, en donde ellos, obviamente, han tenido una lucha mucho más larga, de casi once años. Los archivos eran súper importantes para ellos y para reabrir esos casos, sus causas y demandas. Me parece que esa articulación nos sirvió mucho, pero sí hubo muchos años de insistencia y de negativas constantes. Me parece que fue una cosa de ‘machacar’, de cabeza dura un poco, que tuvimos que hacer para conseguir eso. Después, claro, hay cosas más propias de la película, que tienen que ver con archivos que para mí eran, no sé, muy fuertes o muy reveladores de tal situación; aunque para la película no lo eran. Entonces, hubo bastante selección, y en esa selección, obviamente, se pierde, siempre se pierde, ¿no? Por ahí estuvieron un poco los obstáculos”.

El documental en sí es un género que no se aprecia tanto como la ficción, y a veces hay dificultades para la mujer en el audiovisual: ¿Cuáles fueron las barreras con las que te encontraste como documentalista?

“Nunca me habían hecho esta pregunta, pero, efectivamente, me parece que empezamos este proyecto en un momento muy pro-feminista. Éramos un grupo de puras mujeres en la universidad. Sí, siento que había un discurso en general cuando pedíamos permiso para ir a grabar o para entrevistar de ‘qué se meten a este lugar tan oscuro, tan pesado. No se la van a poder’. Estas niñitas que vienen acá a tratar de filmar también están en un territorio que es súper masculino, ¿no? Cuando nosotros entramos a la cárcel, no solamente nos enfrentamos a una estructura masculina, también al hecho de que sólo hay hombres. Entonces… me parece que nos costó, en ese sentido, conseguir los permisos y ese tipo de cosas, como por algo un poco despreciativo. Hubo algo de eso que fue muy difícil para nosotras, porque creo que, en ese momento, tampoco teníamos todas las herramientas que tenemos hoy para poder argumentar en contra. Sentíamos un poco de angustia respecto a esa situación.

Creo que siempre hay una visión muy general del documental en sí, algo como ‘los documentales son como pesos pesados y lentos’; pero, al mismo tiempo, es muy sorprendente ver la efervescencia que hay en el documental chileno hoy. A mí me corroboran día a día que, en realidad, los documentales son una forma de hacer cine que te da mucha libertad. Es muy raro, porque uno piensa que el género está más atado a la realidad, aunque, en mi opinión, la realidad es tan difusa y tan rara que también hace que sea un género muy enriquecedor y con muchas posibilidades”.

Fue todo un proceso súper personal

“Fue muy intenso, pero, al mismo tiempo, fue muy hermoso, porque conocimos a gente muy valiosa en ese proceso. Para empezar, a la ONG 81 razones y a todos los familiares. Ellos nos dieron muchas herramientas para ese proceso y nos enseñaron mucho, también a gente súper comprometida que colaboró y a privados de libertad que están hoy en las cárceles, que también se involucraron en el proyecto. Entonces, también fue abrirse a un universo de mucha lucha, mucha constancia y, también, mucha posición política”.

Hay una idea que llama la atención, refiriéndose a los eventos que rodean el incendio, la cual plantea que esta es una historia sin moraleja: ¿Qué opinas sobre esto?

“Moraleja es una palabra rara, porque uno lo tiene medio asociado a una enseñanza al final de un cuento de niños, ¿no? Es como algo impuesto, como si se tratara de algo moral. Sin embargo, lo que nos deja y nos enrostra esta tragedia y esta historia es un sistema penitenciario sumamente discriminatorio, que tiene una estructura muy perversa, en donde se violan los DD.HH. de forma sistemática y en donde, finalmente, hay un abandono estatal.

Registro presentado en el documental. Foto: Storyboard Media

Esa tragedia nos traspasa a todos, considerando que fue una tragedia que ocurrió en manos del Estado. Es muy fuerte darse cuenta de que, por ende, es una herida que también nos atraviesa a nosotros como ciudadanos. A mí me parece que esa idea que nos enrostra lo peor, lo peor de nuestra sociedad. Nos enrostra que, finalmente, las cárceles encierran a la juventud y a la pobreza, sobre todo hoy, en un contexto en donde hay un discurso de derechos respecto a la criminalización que va aumentando, ¿no? Entonces, me parece que también es una tragedia que habla de un país entero, donde existe justicia para unos y justicia para otros, derechos para unos y derechos para otros. No sé si hablaría de moraleja, pero sí me parece que nos ponen en un abismo donde hay que tomar posiciones éticas al respecto”.

Mas bien aquí se habla de una denuncia.

“Sí, yo creo que sí. Claro, no nos deja una enseñanza, porque, efectivamente, no se puede aprender nada de eso que ocurrió. Más bien nos deja una urgencia de cambiarlo, de desarticular ese sistema violento”.

Si ya tuvieras el financiamiento cubierto para un próximo proyecto, ¿seguirías con el género documental o te embarcarías en otro?

“Yo creo que tuve una formación muy desde el documental. En la universidad, los profesores con los que más conecté, digamos, venían desde una escuela muy del documental. Siento que mi cabeza piensa con las herramientas propias del documental, las películas y la vida en general; pero, efectivamente, me parece que, hoy en día, son géneros en donde esos límites están muy difusos. Puedes hacer una ficción como si estuvieses haciendo un documental, o al revés.

Quizás, en este momento me gustaría probar y hacer algo un poco más inclinado hacia la ficción. Estoy empezando a escribir algunos proyectos más centrados en una historia adolescente en provincia, pero me pasa que ese ‘músculo’ del documental lo tengo muy incorporado, entonces no dejo de utilizarlo en ficción u otra cosa. En resumen, sí, igual me gustaría probar ese terreno”.

«El Cielo Está Rojo» se encuentra disponible en salas chilenas seleccionadas y puedes leer nuestra review aquí.

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